Introducción al Proyecto

02. marzo 2016 Sin categoría 0

La inteligencia es un concepto esquivo. Sabemos que se trata de un rasgo específicamente humano pero, quizás por eso, resulta muy complicado definirlo con precisión. En uno de los muchos intentos realizados, se define a la inteligencia como la facultad de crear artefactos con los que conocer e intervenir sobre la realidad para poder dominarla. La riqueza de la creación humana se muestra como una artificialidad capaz de embridar al mundo y canalizar hacia él nuestras necesidades y anhelos. Así, a lo largo de los siglos hemos ido construyendo el decorado del gran teatro en que habitamos a diario, repleto de objetos y construcciones que no sólo sirven a nuestros intereses, sino que también muestran abiertamente la expresión de lo que somos y lo que pensamos, convirtiéndose en uno de los rasgos más genuinos de ese otro complicado concepto que denominamos cultura.

Podría pensarse que, ya que el hombre se convierte en demiurgo, existe siempre una irrebatible sintonía entre nuestras necesidades y los objetos que creamos para satisfacerlas. Nos gustaría disfrutar con la idea de que el hombre, al hacerse medida de todas las cosas, como nos advirtió Protágoras, acomoda sus creaciones a la infinita variabilidad del ser humano y apura en sus intenciones el afán por adaptarse a cada circunstancia en un ejercicio de puro relativismo. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: Al crear, excluimos. Triste paradoja. En la propia génesis de la artificialidad está el egoismo, que no es más que una de las múltiples expresiones codificadas de la ignorancia. La especie que presume de empatía, de tener a los demás en nosotros, de vibrar al unísono con los sentimientos de los que tenemos a nuestro lado, fracasa estrepitosamente al dotarse colectivamente de un mundo donde no todos tienen cabida. Las sociedades no tienen piedad con aquellos que no están en la media, con los que expresan su estar-en-el-mundo con infinitas y valiosas capacidades pero distintas a la de una supuesta “mayoría”, ese concepto de naturaleza bienintencionada que, sin embargo, se esgrime como criterio segregador y se convierte en azote de todos a los que no están dentro de ella. Nuestras propias creaciones, en una suerte de profética maldición, desheredan a buena parte de sus destinatarios.

Sin cesar, construimos con mirada estrecha y aliento corto, sin dar trascendencia alguna a lo relevante que puede ser un centímetro o unos pocos gramos en la vida de una persona. Dibujamos nuestro paisaje vital con trazos demasiado gruesos como para que los detalles de nuestra condición se perfilen. Esa mancha emborronada por la ignorancia y la indolencia diluye los legítimos anhelos de aquellos que no se ven reconocidos en un mundo que no es para ellos, que ha sido construido a sus espaldas, aunque la legalidad vigente enarbole, con más estrépito que resultados, la bandera de la igualdad de oportunidades. Añadir la condición de mujer a este escenario tan sólo agrava la invisibilidad de todo un colectivo que a diario se ve obligado a dar y pedir explicaciones por una realidad que les excluye, que no comprenden y que les obliga a afrontar la vida de forma ingeniosa, convirtiendo en auténtico arte su permanente danza con la adversidad.

Pero la vida humana está fecundada por contrastes insondables. Allí donde el entorno se conjuga para levantar barreras, surge el poderoso martillo del asociacionismo. Donde la indiferencia de lo invisible se muestra desvergonzada, aparecen las sólidas raíces del compromiso. Donde el desapego y la indolencia liberan su poderoso veneno, fluye el bálsamo de la acogida y la comprensión. Rosas y Espinas. Por pequeña y débil que sea, los que son excluidos también tienen su voz, esa que nos habla de cómo construir una realidad distinta donde no tengamos que situarnos a lados distintos de esas fronteras imaginarias que con tozuda insistencia nos empeñamos en dibujar. Es una voz sabia y rotunda, que habla desde la experiencia de una vida complicada pero que ha dejado atrás la queja y el desánimo para recorrer juntos la senda de la colaboración y la ilusión. Asociaciones como Amdas Lafonte son poderosos amplificadores que, sobre el confuso murmullo de la ignorancia, dibujan con la voz del testimonio una realidad sin errores que no está a la siempre infinita distancia de la utopía, sino en los cercanos recovecos de lo cotidiano.

Desde este proyecto queremos contribuir al relato de este nuevo orden poniendo al servicio de sus protagonistas al sonido, esa sensación tantas veces vilipendiada y orillada que ha demostrado estar libre de ataduras tanto para transportar la denuncia como para ensalzar el acierto. Más allá de la física tridimensionalidad que limita e impone, encerrándonos en hermosas celdas de cristal donde vivimos confinados, el sonido no se acobarda ante las fronteras. No hay forma de esquivarlo. De la misma forma que nos narra con impudicia la amarga realidad de un mundo excluyente, también da voz a la reivindicación, al alegato y al testimonio. El sonido esculpe la imagen del mundo que lo genera con la aguda visión del artista, prestando detalle a cada rasgo y mostrando la verdad desnuda, liberada de análisis e interpretaciones. No se contenta con dar una visión periférica, sino que transmite el verdadero interior. En este proyecto ofrecemos el sonido como elemento liberador para que se sume, con lenguaje sutil pero universal, a la tarea de derribar muros y eliminar fronteras invisibles, cartografiando una nueva realidad donde la obra humana sea, sin estridencias, lugar de acogida y reconocimiento entre iguales.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *